El pirata

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—¡Caramba! —dijo—. Usted ya puede cargarla el resto del camino y entregarla a la anciana Catherine. Haga pie firmemente en cualquier sitio y yo la levantaré hasta ponerla en sus brazos. El tramo que queda es ya muy fácil. Así es… Sosténgala un poco más alto o se golpeará los pies contra las piedras.

El cabello de Arlette colgaba muy por debajo de los brazos de Réal como una masa espesa e inerte. La tormenta se alejaba, dejando un cielo oscurecido a su paso. Peyrol suspiró profundamente y pensó: «Estoy cansado».

—Pesa muy poco —dijo Réal.

—Parbleau que pesa poco. Si estuviera muerta pesaría demasiado para usted. Allons, mon lieutenant. No, yo no voy. ¿Para qué? Me quedaré aquí. No tengo ganas de oír las quejas de Catherine.

El teniente, absorto en la contemplación del rostro que descansaba en el hueco de sus brazos, no desvió la mirada ni siquiera cuando Peyrol, inclinándose sobre Arlette, besó la blanca frente junto a la raíz del pelo, negro como el ala de cuervo.

—¿Qué voy a hacer? —musitó Réal.

—¿Hacer? Pues entregársela a la anciana Catherine. Y también puede decirle que yo regresaré en seguida. Eso la confortará. Todavía cuento algo en esa casa. Allez! ¡Que el tiempo apremia!


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