El pirata
El pirata Subió a bordo cuando la lluvia cesaba. Michel, calado hasta los huesos, estaba en la misma posición, con la mirada fija en la caleta. El ciudadano Scevola había levantado las rodillas y se sujetaba la cabeza con las manos; ya fuese por la lluvia, por el frío o por cualquier otra cosa, sus dientes castañeteaban audiblemente con un continuo y angustioso matraqueo. Peyrol se quitó la chaqueta, pesada por el agua, con el extraño aire de quien jamás le volvería a prestar su envoltura mortal, cuadró los hombros y, con voz profunda y tranquila, ordenó a Michel que soltara las amarras que unían la tartana a la orilla. El fiel servidor resultó cogido por sorpresa y necesitó de un autoritario «¡Allez!» por parte de Peyrol para ponerse en movimiento. El pirata soltó mientras tanto los guardines y con un aire de dominio, dejó caer la mano sobre el recio madero que se proyectaba horizontalmente desde la cabeza del timón, a la altura de su cadera. Las voces y los movimientos de sus compañeros hicieron que el ciudadano Scevola controlara el desesperado temblor de su mandíbula. Se retorció un poco en sus ataduras y pronunció de nuevo la pregunta que había estado en sus labios durante unas cuantas horas.
—¿Qué van a hacer conmigo?
—¿Qué le parece un paseíto por el mar? —le preguntó Peyrol en un tono que no distaba de ser amable.