El pirata

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El ciudadano Scevola, que parecía estar total y completamente abatido y subyugado, dejó escapar un alarido totalmente inesperado.

—Desáteme. Déjeme bajar.

Michel, atareado a proa, sonrió como si poseyera un cultivado sentido de la incongruencia. Peyrol permaneció serio.

—En seguida lo desataremos —aseguró al patriota bebedor de sangre, quien había sido considerado durante tantos años poseedor, no sólo de Escampobar, sino de la heredera de Escampobar, que, viviendo bajo esa apariencia, había llegado a creérselo él mismo. Su alarido respondía, sin duda, al despertar de esa vana ilusión. Peyrol alzó la voz—: Tira de la cuerda, Michel.

Libre de sus amarras, la tartana se había alejado de la costa, y llevada por el arrastre de Michel, se encaminó hacia la entrada por la que la caleta se comunicaba con la ensenada. Con Peyrol atento al gobernalle, el barco se deslizó por la angosta brecha y se precipitó casi al centro de la ensenada.


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