El pirata
El pirata CorrÃa un viento ligero que levantaba pequeños rizos en el agua, pero más allá el mar ensombrecido estaba ya moteado de blanco. Peyrol ayudó a Michel a desplegar las velas de popa y regresó después a la caña. La flamante embarcación que durante tanto tiempo habÃa permanecido ociosa comenzó a deslizarse hacia el ancho mundo. Michel contemplaba la orilla como si se encontrara arrobado. La cabeza del ciudadano Scevola caÃa sobre sus rodillas mientras sus manos impotentes abrazaban débilmente sus piernas. Era la viva imagen de la postración.
—¡Eh, Michel! Ven aquà y desata al ciudadano. Justo es que haga sin ataduras una pequeña excursión por el mar.
Una vez cumplida su orden, Peyrol se dirigió a aquella desolada figura sobre cubierta.
—AsÃ, si una turbonada hace zozobrar la tartana, estará usted en iguales condiciones que nosotros para salvar su vida nadando.
Scevola no se molestó en contestar. Se encontraba ocupado en morderse una rodilla con una ira que se manifestaba furtiva.