El pirata
El pirata —Usted vino a bordo con algún propósito asesino. A quién perseguÃa, a menos que fuese a mÃ, sólo Dios lo sabe. Me parece justo darle a usted un paseÃto por el mar. No le ocultaré, ciudadano, que puede no estar exento de riesgo para su vida. Pero sólo a usted ha de agradecer el encontrarse aquÃ.
La tartana sentÃa con más fuerza el viento según salÃa de la ensenada, y su movimiento cobraba cada vez mayor ligereza. Una sonrisa de vaga satisfacción iluminó el rostro hirsuto de Michel.
—Mira cómo siente el mar —dijo Peyrol, alegre por el raudo movimiento de su navÃo—. Esto no tiene nada que ver con la laguna, Michel.
—Desde luego —dijo Michel, con la adecuada seriedad.
—¿No te parece raro mirar a la costa y pensar que no dejas nada ni a nadie detrás?
Michel asumió el aspecto de un hombre ante un problema intelectual. Desde que se convirtiera en el servidor de Peyrol habÃa perdido por completo el hábito de pensar. Las instrucciones y las órdenes era fáciles de entender, pero una conversación con aquel a quien llamaba «notre maître» constituÃa una cosa muy seria que requerÃa una gran y concentrada atención.
—Posiblemente —respondió, de una manera extrañamente cohibida.