El pirata

El pirata

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—Bueno, de veras que eres un hombre afortunado —dijo el pirata, observando el curso de su pequeño navío a lo largo de la extremidad de la península—. Ni siquiera tienes un perro que te eche de menos.

—Sólo le tengo a usted, maître Peyrol.

—Eso es lo que me imaginaba —dijo Peyrol, casi para sí mismo, mientras Michel, bien dotado para moverse en un barco, mantenía el equilibrio en medio del balanceo sin apartar la mirada del rostro del pirata.

—¡No! —exclamó Peyrol súbitamente, tras un momento de meditación—. No podía dejarte atrás —y extendió su mano abierta hacia Michel—. Venga esa mano —dijo.

Michel vaciló un instante ante aquella extraordinaria proposición. Al final accedió, y Peyrol, cogiendo con un fuerte apretón la mano de aquel pescador desheredado, dijo:

—Si me hubiera ido sin ti, te habría dejado solo en esta tierra, como un hombre abandonado para morir en una isla desierta.

Una vaga percepción de la solemnidad del momento pareció introducirse en el primitivo cerebro de Michel. Las palabras de Peyrol se vinculaban, para él, con el sentido de su propia e insignificante posición a la cola de toda la humanidad y tímidamente, con su límpida y cándida mirada, murmuró el axioma fundamental de su filosofía:


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