El pirata
El pirata La lluvia había cesado. La sólida masa de nubes se movía sobre su cabeza hacia oriente, y en esa dirección se movió también él, como conducido igualmente por el viento sobre la colina, hasta alcanzar el mirador. Coronó la altura y, jadeante, pasó un brazo alrededor del tronco del pino inclinado. Durante aquella sombría pausa en el desasosiego de los elementos sólo fue consciente del torbellino que enloquecía su cerebro. Al cabo de un rato percibió entre la lluvia al barco inglés con las gavias arriadas sobre los tamboretes, avanzando despacio y con esfuerzo a través de la entrada norte del Petite Passe. En su acongojada confusión, aquel barco enemigo se vinculó de una manera morbosa con la conducta inexplicable de Peyrol. ¡El viejo jamás pensó en hacer acompañado aquel viaje! Y cuando, un poco después, al mirar hacia el sur, vio la sombra de la tartana bordeando la costa en medio de otra turbonada, susurró para sus adentros un amargo «Naturalmente». La tartana llevaba desplegadas sus dos velas. De hecho, Peyrol hacía todo lo posible por acelerar en su vergonzosa precipitación, su trato con el enemigo. La verdad era que desde la posición en que era visto por Réal, Peyrol no podía ver aún al buque inglés, y mantenía confiadamente su rumbo hacia el centro del estrecho. El buque de guerra y la pequeña tartana se vieron el uno al otro, muy inesperadamente, cuando mediaba entre ellos poco más de una milla. A Peyrol se le subió el corazón a la boca al encontrarse tan cerca del enemigo. A bordo del Amelia no se dieron, al principio, por enterados. Se trataba de una simple tartana a la busca de refugio en la orilla norte de Porquerolles. Pero cuando Peyrol alteró súbitamente su rumbo, el contramaestre del buque de guerra se percató de la maniobra y tomó el catalejo para echar un vistazo. El capitán Vincent se encontraba en cubierta y estuvo de acuerdo con el comentario del contramaestre acerca de que «Aquel barco actuaba sospechosamente—» Antes de que el Amelia cambiara de bordada en medio de la fuerte borrasca, Peyrol se encontraba ya cubierto por la batería de Porquerolles y, por tanto, a salvo de ser capturado. El capitán Vincent no tenía intención alguna de colocar su navío al alcance de la batería, y correr el riesgo de que le averiaran el aparejo o el casco por un pequeño barco de cabotaje. Sin embargo, la historia que Symons había relatado sobre su hallazgo de un barco escondido, sobre su captura y su portentosa huida, hacía de cualquier tartana un objeto de interés para toda la tripulación. El Amelia se mantuvo al pairo en el estrecho, mientras sus oficiales observaban el suave balanceo de las velas latinas bajo las bocas protectoras de los cañones. El mismo capitán Vincent se sintió impresionado por la maniobra de Peyrol. El Amelia no constituía, por lo general, una amenaza para los barcos costeros. Tras dar unas cuantas vueltas por el puente, ordenó que Symons se presentara en popa.