El pirata
El pirata En ese momento, sorprendido de no encontrar la tartana en la caleta, Réal echaba a correr locamente hacia la ensenada, donde estaba seguro de que Peyrol se hallaba esperando para entregársela. Y corrió hasta la misma roca en la que se sentara el prisionero de Peyrol, después de su huida, demasiado cansado para ser precavido, aunque feliz ante la esperanza de la libertad. Pero la condición de Réal era peor. Él no podía columbrar forma alguna a través del tenue velo de lluvia que taladraba la porción de agua enmarcada en las rocas. El pequeño navío se había esfumado. ¡Imposible! ¡Debía ser que no veía bien! Las peladas colinas recogieron de nuevo el nombre de Peyrol, gritado con toda la fuerza de los pulmones de Réal. Sólo gritó una vez, y unos cinco minutos más tarde apareció en la puerta de la cocina, boqueando y chorreando agua, cual si hubiera ganado a brazo partido su ascensión desde el fondo del mar. Arlette descansaba, con las extremidades relajadas, en el sillón de alto respaldo, con la cabeza en los brazos de Catherine y el rostro blanco como si estuviera muerta. El teniente vio que Arlette abría sus ojos negros, enormes y como si no fueran de este mundo, vio que la anciana Catherine volvía la cabeza, oyó un grito de sorpresa y vio una especie de conato de pelea entre las dos mujeres.
—¡Peyrol me ha traicionado! —gritó como un loco, y desapareció al momento, dando un portazo.