El pirata
El pirata —Verá, señor —continuó Symons—, él no pensaba que yo me iba a escapar después de haberme dado un golpe que habrÃa matado a nueve de cada diez hombres. Por eso se fue a alardear ante los suyos de lo que habÃa hecho, y por eso vino luego uno de los suyos, más malo aún que él mismo, pensando en matarme, con una maldita horqueta de estiércol, con perdón por la expresión. ¡Menudo salvaje!
Symons dejó de hablar y se quedó con la mirada fija, como atónito ante los portentos de su propio relato. El viejo contramaestre, colocado junto al capitán, observó en un tono desapasionado que, en cualquier caso, la penÃnsula no era un mal punto de partida para un barco que pretendiera burlar el bloqueo. Al no serle ordenado que se retirará, Symons se quedó con el sombrero en la mano, aguardando mientras el capitán Vincent ordenaba al contramaestre largar todo el trapo y colocarse un poco más cerca de la baterÃa. Asà se hizo, e inmediatamente se vio el fogonazo de un cañonazo hecho a ras de tierra, acompañado de un disparo que rebotó en dirección al Amelia. El disparo habÃa sido muy corto, pero el capitán Vincent juzgó que su navÃo ya estaba lo suficientemente cerca y ordenó que fuera puesto al pairo de nuevo. Symons recibió a continuación la orden de mirar una vez más por el catalejo. Al cabo de un largo rato lo bajó y se dirigió con mucho aplomo al capitán.