El pirata
El pirata —Vinieron la primera vez que llegaron con su flota hasta aquà —dijo el patriota, con una voz lúgubre—, y se mantuvieron merodeando por la costa hasta que los traidores antirrevolucionarios les dejaron franco el paso a Tolón, vendiendo el sagrado solar de la patria por un puñado de oro. SÃ, en los dÃas que precedieron a la consumación de aquel crimen, los oficiales ingleses desembarcaban por la noche en esa caleta y subÃan hasta esta misma casa.
—¡Qué audacia! —comentó Peyrol, sinceramente sorprendido—. Pero asà es como son.
Resultaba, sin embargo, muy difÃcil de creer. ¿No se tratarÃa de una patraña?
El patriota hizo un gesto forzado con el brazo.
—Juré que era verdad ante el tribunal —dijo—. Fue una historia sombrÃa que su padre pagó con la vida —añadió, en voz baja e hizo una pausa—. …Y su madre también. Pero la patria estaba en peligro —añadió con voz aún más baja.
Peyrol se aproximó a la ventana occidental y dirigió la mirada hacia Tolón. Un elevado navÃo de dos cubiertas descansaba en medio de la vasta sábana de agua delimitada por el cabo Cicié, rodeado de las chalupas que, como puntitos negros en el agua, se esforzaban en aproarlo de la mejor manera posible. Peyrol las contempló un momento y luego volvió al centro de la habitación.