El pirata

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Dado que llevaba la parte más valiosa de su cargamento fajada a su persona, lo primero que hizo Peyrol, una vez solo en aquel ático que parecía el fanal de un faro, fue liberarse de su peso y dejarlo a los pies de la cama. Después se sentó y, apoyando los codos sobre la cama, contempló con un profundo alivio su tesoro. Aquel botín nunca había pesado sobre su conciencia. A veces había agobiado su cuerpo; y si, en algún caso, había afectado a su espíritu, lo había hecho no por su cualidad de secreto, sino por su simple peso, que resultaba incómodo, irritante y, al cabo del día, llegaba a hacerse insoportable. Hacía del hombre de mar, libre y acostumbrado a respirar a pleno pulmón, un animal sobrecargado, aumentando así la compasión, fuera cual fuese, que el carácter de Peyrol sintiera hacia las bestias de cuatro patas que llevaban los fardos del hombre sobre la tierra. Las exigencias de una vida al margen de la ley habían hecho de Peyrol un hombre brutal, pero no despiadado.







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