El pirata

El pirata

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Despatarrado en la silla, desnudo hasta la cintura, robusto y canoso, con su cabeza de perfil romano apoyada en el fuerte antebrazo tatuado, contemplaba sosegadamente su tesoro con un aire meditabundo. Peyrol no meditaba, empero (como pudiera haber pensado un observador superficial), sobre el mejor lugar para esconderlo. Y no porque careciera de experiencia respecto a aquel tipo de propiedad que siempre se desvanecía con rapidez entre los dedos. Lo que le hacía meditar era el carácter de aquellas monedas que no procedían del reparto de un botín conseguido con dificultad y a costa de esfuerzos, riesgos, privaciones y peligros, sino de un simple golpe de suerte. Sabía lo que era un botín y cuán rápidamente desaparecía, como sabía que ése no iba a ser el caso con el dinero. Había de guardarlo lejos de las viejas asechanzas de su vida, como si estuviera en otro mundo y no pudiera dilapidarse en la bebida, en el juego, en las dádivas o en cualquier otra circunstancia ya conocida. En aquella habitación, a unos cuantos pies sobre su revolucionaria tierra natal, en la que se sentía más extranjero que en cualquier otra parte del mundo, en aquella amplia buhardilla llena de luz y, por decirlo así, rodeada por el mar, en una atmósfera plena de paz y de seguridad, Peyrol no veía razón alguna para preocuparse tanto. Se le ocurrió que jamás había tomado precauciones ante ninguno de los botines que había caído en sus manos. Nunca había hecho tal cosa. Y le parecía absurdo preocuparse particularmente por aquel por cuya posesión nadie estaría dispuesto a luchar o a intrigar. Peyrol se levantó y abrió el gran cofre de madera de sándalo, asegurado por un enorme candado, parte también de un viejo botín conseguido en una ciudad china del golfo de Tonkin, en compañía de ciertos Hermanos de la Costa con los que abordó por la noche una goleta portuguesa cuya tripulación pusieron en un bote al garete, haciéndose con el control del barco. De eso hacía años y años. Él era joven entonces, muy joven, y el cofre cayó en su poder porque ningún otro hubiera sabido qué hacer con aquel engorro, y también porque el metal de que estaban hechas aquellas gruesas arandelas, curiosamente trabajadas, que lo reforzaban, no era oro sino latón. Él, en su inocencia, se sintió muy satisfecho con aquel mueble. Lo había llevado consigo a todo tipo de sitios, e incluso en una ocasión lo había dejado a buen recaudo, durante todo un año, en una oscura y mefítica gruta perdida de la costa de Madagascar. También lo había dejado al cuidado de varios jefes nativos, con unos árabes, con el dueño de un garito en Pondichery, en suma, con sus diversos amigos e incluso con sus enemigos. Y llegó a perderlo en una ocasión.


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