El pirata
El pirata Fue cuando recibió una herida que le dejó rajado y desangrándose como un pellejo de vino acuchillado. Todo ocurrió porque unos cuantos hermanos se enzarzaron en una súbita disputa por cuestiones del reglamento de la hermandad, complicadas con celos personales con los que Peyrol tenía tanto que ver como un niño aún no nacido. Nunca supo quién le dio la puñalada. Otro hermano, un joven inglés, amigo, logró sacarle de la reyerta. Estuvo postrado durante varios días, sin recordar nada, e incluso ahora, cuando miraba la cicatriz, le resultaba imposible comprender cómo no había muerto. Tal acontecimiento, junto con la herida y la penosa convalecencia, se convirtió en el primer episodio de la forja de su carácter. Muchos años después, cuando a consecuencia de los cambios de su punto de vista respecto a la ilegalidad, servía como cabo de mar en el Hirondelle —un corsario relativamente respetable—, topó con el cofre de nuevo en un lugar tan perdido como Port Louis, depositado en el oscuro zaquizamí de un solitario hindú. La hora era avanzada, la calle estaba desierta, y Peyrol se presentó a reclamar su propiedad tal cual hay que hacer estas cosas, con un dólar en una mano y una pistola en la otra, recibiendo la abyecta súplica de que lo tomara consigo. Se puso el cofre sobre el hombro y aquella misma noche se hizo a la mar con el corsario; sólo entonces tuvo tiempo para cerciorarse de que no se había equivocado, ya que poco después de que el cofre cayera por primera vez en su poder tuvo la siniestra ocurrencia de garrapatear con la punta de su cuchillo en la cara interna de la tapa el tosco bosquejo de una calavera y dos huesos cruzados, que después pintó con un poco de bermellón chino. Y ahí estaba el dibujo, tan fresco como siempre.