El pirata
El pirata Con la vista fija ante él, el patrón de la granja pasó por delante de los hombres, hacia la puerta de la salle, que Peyrol había dejado abierta. Antes de entrar, dejó el bieldo apoyado contra la pared. El tenue sonido de una campana, la campana de la aldea en la que años atrás el viejo pirata diera de beber a su mula y escuchara las palabras del hombre del perro, se introdujeron de súbito en la serena armonía de la atmósfera. Un violento portazo rompió el silencio de quienes contemplaban el mar.
—¿Es que ese tipo no descansa jamás? —preguntó el joven, sin mover la cabeza y en un tono de voz bajo e indiferente, que dominó el delicado tintineo de la campana.
—Ni siquiera en domingo —respondió el viejo pirata, con similar displicencia—. ¿Qué esperaba usted?, la campana de la iglesia le sienta como un veneno. Estoy absolutamente seguro de que se trata de un sans-culotte nato. Todos los decadi se visten sus mejores prendas, se ponen una gorra roja y vagan entre las casas como un alma perdida a la luz del sol. Un jacobino auténtico, si alguna vez los hubo.
—Desde luego. Son pocos los villorrios franceses que no cuentan con uno o dos. Pero algunos han procurado cambiar de chaqueta. Eso como poco.