El pirata

El pirata

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Capítulo 4

Puesto que era domingo, Peyrol se encontraba afeitándose con la infatigable navaja inglesa frente a un fragmento de espejo colgado del marco de la ventana que daba a levante. Los años de cambios políticos que habían concluido con la proclamación de Napoleón como cónsul vitalicio no habían alterado su aspecto, a excepción de la espesa mata de pelo de su cabeza, que había encanecido casi por completo. Tras guardar la cuchilla cuidadosamente, Peyrol introdujo sus pies ataviados con medias en un par de zuecos de la mejor calidad, y bajó la escalera con pasos ruidosos. Llevaba los pantalones bombachos de color marrón abiertos por las rodillas y las mangas de la camisa arremangadas hasta los hombros. Aquel pirata de los mares convertido en labriego se encontraba perfectamente acomodado en aquella granja que, como si fuese un faro, dominaba un par de fondeaderos y el mar abierto. El aspecto de la cocina por la que cruzó era exactamente igual al del primer día: el rayo de sol en el suelo, los utensilios de cobre brillando en las paredes, la mesa fregada e inmaculadamente limpia… Sólo la anciana, la tía Catherine, parecía tener las facciones más afiladas. Hasta la mismísima gallina que movía presuntuosamente la cabeza en el umbral de la puerta parecía no haberse movido de su sitio durante los últimos ocho años. Peyrol la ahuyentó al pasar hacia el patio, en cuyo pozo se lavó concienzudamente. Cuando regresó a la cocina, su aspecto era tan sano y robusto que la tía Catherine no pudo por menos de felicitarle por su bonne mine con aquella voz aflautada suya. Los modales habían cambiado, y ya no se le dirigía diciéndole citoyen, sino monsieur Peyrol. Él respondió con presteza manifestando que en el caso de que el corazón de la dama estuviera libre, se encontraba dispuesto a conducirla aquel mismo día al altar. Se trataba de una broma tan vieja, que Catherine no lo tomó en consideración, aunque le siguió con los ojos en su paso hacia la frialdad del salón, con sus mesas y bancos bien limpios, y sin bicho viviente. Peyrol lo atravesó hasta salir por la puerta principal, que dejó abierta. El ruido de sus zuecos hizo que un joven que se encontraba fuera, sentado en un banco, volviera la cabeza y le saludara con un ademán descuidado. Su rostro era más bien estrecho, moreno y de facciones refinadas, con una nariz de suave curva y una mandíbula muy bien dibujada. Vestía una casaca naval azul oscura, abierta sobre una camisa blanca, y una corbata negra de nudo corredizo. Unos pantalones blancos, unas medias y unos zapatos negros con hebillas de acero completaban su atuendo. Una espada con empuñadura de latón y vaina negra ajustada a un tahalí descansaba en el suelo, a sus pies. Peyrol, colorado y de cabeza plateada, se sentó en el mismo banco, a una cierta distancia. La no muy amplia explanada del frente de la casa descendía hacia el mar entre dos colinas peladas. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el viejo pirata y el joven marino contemplaron el espacio abierto sin mediar palabra alguna, como los amigos íntimos o los extranjeros que se ignoran. Tampoco les afectó la aparición del patrón de la granja Escampobar, que cruzó la explanada con un bieldo al hombro. Sus manos tiznadas, las mangas de su camisa arremangadas, el bieldo sobre el hombro y todo el conjunto de su aspecto laborioso prestaba a su figura el aire de una exhibición, y sin embargo, a la luz de la mañana que acababa de iniciarse, el patriota arrastraba abatido los zuecos, como ningún verdadero campesino lo hubiese hecho al final de una fatigosa jornada de trabajo. No mostraba, empero, signo alguno de cansancio. Su rostro ovalado, de pómulos redondos, se mantenía terso excepto en el rabillo de sus ojos almendrados, brillantes y visionarios, que no habían cambiado desde el día en que, por vez primera, cruzó Peyrol la mirada con ellos. El paso de los años se percibía únicamente en los escasos cabellos blancos de su pelambrera y barba, visibles sólo a muy poca distancia. Entre las inmutables rocas del extremo de la península, el tiempo parecía haberse detenido, mientras que el grupo de personas asentadas en aquel punto, el más meridional de Francia, se esforzaba en la incesante tarea de obtener pan y vino de una tierra con el corazón de piedra.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker