El pirata

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—Hace algún tiempo, cuando los sacerdotes comenzaron a regresar a las parroquias, él, ese tipo… —Y señaló la cabeza hacia la calle—, ¿quién lo diría? Se dirigió a la aldea con un sable al cinto y una gorra roja a la cabeza, y fue hacia la puerta de la iglesia. Ignoro lo que se proponía, pero no creo que pensara en rezar. El caso es que la gente estaba muy contenta con la reapertura de las iglesias, y alguna mujer que le vio desde una ventana dio la voz de alarma. «¡Eh, mirad! ¡El jacobino! ¡El sans-culotte! ¡El bebedor de sangre! ¡Miradle!». Varias mujeres se echaron a la calle, y uno o dos campesinos que se encontraban trabajando la tierra saltaron sobre las tapias. Pronto se formó un gentío, mujeres en su mayoría, cada cual con lo primero que encontró a mano: palos, cuchillos de cocina, cualquier cosa. Junto a la alberca se les unieron unos cuantos hombres con azadas y garrotes. La cuestión se le puso muy espinosa. ¿Qué podía hacer? Se dio la vuelta y escapó por la colina como si fuera una liebre. Hay que tener mucho valor para enfrentarse con una turba de mujeres furiosas. Así que echó a correr por el sendero, sin volverse a mirar a los que le seguían gritando «A mort! A mort le buveur de sang!». Durante años, y por una cosa u otra, había sido el terror y la abominación de la gente que en aquel momento veía cercana la oportunidad de tomarse la revancha. El sacerdote oyó el tumulto desde el presbiterio, y salió. Le bastó con una mirada. Era un tipo de unos cuarenta años, enjuto, de largas piernas y ágil, ¿sabe usted? Se arremangó la sotana y echó a correr, saltando tapias y jorfes como si fuera un maldito chivo. Yo me encontraba en mi habitación cuando oí el alboroto. Me asomé a la ventana y vi el acoso entre gritos. Empezaba a pensar que aquel loco iba a traer a los energúmenos que le seguían hasta la misma casa, y que la tomarían al abordaje para dar buena cuenta de nosotros, cuando el sacerdote apareció ante ellos en el momento oportuno. En aquel instante podía haberle hecho la zancadilla a Scevola perfectamente, pero le dejó pasar y se plantó ante sus parroquianos con los brazos extendidos. Eso bastó. Sin duda, salvó al patrón. Ignoro lo que les pudo decir para apaciguarlos, pero llevaba pocos días, y la gente se sentía orgullosa con su nuevo sacerdote. Podría haber hecho con ellos lo que hubiera querido. Yo tenía la cabeza y los hombros fuera de la ventana, porque aquello me parecía muy interesante. Podían haber acabado con el maldito grupo (que así era como nos llamaban), y cuando me volví me encontré con la patrona, que también miraba lo que sucedía. Ya lleva usted aquí el tiempo suficiente como para saber que ella vaga por la casa y por sus inmediaciones sin hacer el menor ruido. Una hoja al caer no se posa en el suelo con mayor ligereza que sus pies al moverse. Supongo que no sabía que yo estaba arriba, y que subió hasta el cuarto según su costumbre de buscar siempre algo que no está en ninguna parte. Al verme con la cabeza fuera, se acercó a ver qué era lo que yo estaba mirando. Su rostro no se mostraba más pálido que habitualmente, pero sus dedos aferraban su vestido sobre su pecho… así. Yo me quedé confundido, y antes de que pudiera pronunciar palabra, ella giró sobre sus talones y desapareció como si fuera una sombra.


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