El pirata
El pirata —Ni el paso de un hada. ¿Cómo podrÃa haber oÃdo la caÃda de una hoja con ese vil terrorista trompeteando por encima de mi cabeza? —Sin descruzar los brazos, se volvió hacia Peyrol, que le miraba con ansiedad—. Usted quiere saber, ¿no es asÃ? Bien, le diré lo que oÃ, y saque usted las conclusiones que quiera. Oà un tropezón. Y no era un hada la que tropezó. Se trataba de un zapato bien fuerte. Después vino la caÃda interminable de una piedra por el barranco. Después, un silencio de muerte. No vi nada que se moviera. El paso de la luna dejó el barranco en tinieblas. Y yo no me esforcé por penetrarlas —Peyrol, con el codo en la rodilla, apoyó la cabeza en la palma de la mano—. Saque usted las conclusiones que quiera —repitió el oficial, con los dientes apretados.
Peyrol agitó ligeramente la cabeza. Después de hablar, el joven oficial se recostó contra la pared, pero, al instante, el disparo de una pieza de artillerÃa retumbó como si hubiera sido disparado bajo sus pies, ascendiendo por el declive hacia la izquierda como un golpe sordo y espeso, seguido de un suspiro que parecÃa buscar salida entre las piedras y las rocas.