El pirata

El pirata

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—Evidentemente. Reconocí su sombra en cuanto la vi, y el hecho de verlo no me asustó ni siquiera la cuarta parte de lo que el mero relato del incidente parece asustarle a usted. Por lo demás, ese sans-culotte amigo suyo debe dormir como un tronco. Esos abastecedores de la guillotina gozan de una conciencia republicana a prueba de bombas. Les he visto actuar en el norte cuando yo era un chiquillo que corría descalzo por el arroyo…

—Él siempre duerme en aquel cuarto —dijo Peyrol gravemente.

—Pero eso no importa —subrayó el oficial—, a menos que sea conveniente para las sombras que vagan escuchar el ronquido de las buenas conciencias. Peyrol, excitado, se esforzó en bajar el tono de su voz.

—Teniente —dijo—, de no haber sabido desde el primer momento qué es lo que alberga su corazón, hace tiempo que habría dado con la fórmula para deshacerme de usted, de un modo u otro.

El oficial le miró una vez más de reojo, y Peyrol dejó caer pesadamente su puño sobre el muslo.

—Soy el viejo Peyrol, y este lugar, tan solitario como una nave en el mar, es como un barco para mí, y quienes lo habitan son mis camaradas. Olvídese del patrón. Lo que quiero saber es si oyó usted algo. ¿Algún ruido? ¿Pisadas, murmullos?

Una sonrisa amargamente burlona cruzó los labios del joven.


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