El pirata
El pirata —¿Acaso vagan hasta aquà las mujeres de la aldea o la anciana que vive en la cocina? —preguntó sosegadamente el oficial—. Usted deberÃa conocer las costumbres del pueblo. Era una sombra de mujer. La luna se movÃa hacia el oeste, y la sombra cruzó sesgadamente desde aquella esquina, a la que regresó después. Pude reconocer la sombra de esa mujer.
—¿Oyó usted algo? —preguntó Peyrol, tras un instante de visible titubeo.
—TenÃa la ventana abierta y oÃa roncar a alguien. No podÃa ser usted, porque su habitación está demasiado alta. Incluso le diré —añadió torvamente— que por los ronquidos debÃa de ser alguien con la conciencia tranquila. No como usted, viejo pájaro de mar, pues eso es lo que usted es, a pesar de su certificado de artillero —antes de seguir, el oficial miró a Peyrol de reojo—. ¿Qué es lo que le hace parecer tan preocupado?
—Lo que no puede negarse es ese hábito de vagar que tiene la patrona —murmuró Peyrol, sin intentar disimular la inquietud que le embargaba.