El pirata
El pirata El sendero que contorneaba la colina se doblaba rápidamente hacia el mar, de manera que el teniente desapareció con presteza. Después reapareció por un momento su cabeza, sólo su cabeza, para desvanecerse de inmediato. Peyrol se quedó perplejo. Después de mirar en la dirección por la que el oficial había desaparecido, miró a los edificios de la granja, situados bajo él, pero no a mucha distancia. Desde donde se encontraba podía distinguir perfectamente los pichones que andaban por los tejados. Alguien sacaba agua del pozo en el medio del patio. Se trataba del patrón, sin duda, pero aquel hombre, que en un tiempo pudo enviar a tantos desdichados a la guillotina, carecía de interés para Peyrol. Incluso había dejado de ser una ofensa para sus ojos y un motivo de turbación para sus sentimientos. No era nada por sí mismo, y nunca había llegado a ser algo más que un efecto de la universal sed de sangre típica de la época. Hasta las mismas dudas que concitara en el pecho de Peyrol se habían disipado ya. El sujeto era tan insignificante que Peyrol no se habría sorprendido al descubrir, en un momento de particular atención, que su cuerpo ni siquiera echaba sombra. Allá abajo quedaba reducido a un enano que tiraba del cubo de un pozo. Pero ¿dónde estaba ella? Peyrol se hizo esa pregunta colocándose la mano sobre los ojos a manera de pantalla. Sabía que la patronne no podía estar muy lejos, pues la había visto por la mañana, antes de enterarse de que había andado vagando por la noche. Su creciente desazón cesó súbitamente cuando, al separar la mirada de la granja, donde era obvio que la muchacha no estaba, la vio aparecer con el sol a su espalda, por el mismo recodo por el que acababa de desaparecer el teniente.