El pirata

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Una vez que hubo comprobado que la calma se había apoderado de la noche y que se prolongaría durante horas, el capitán Vincent adoptó su postura favorita, apoyándose en la barandilla. Había pasado ya la medianoche y la luna, surcando en su penetrante quietud un delo sin mácula, parecía derramar su hechizo sobre un planeta deshabitado. La luna no tenía ningún interés para el capitán Vincent. Era obvio que hacía a su navío visible desde las dos orillas del Petite Passe. Pero después de casi un año de servicio constante al mando del navío de observación avanzada de la flota de bloqueo del almirante Nelson, conocía perfectamente el emplazamiento de casi todas las piezas de las baterías de costa. Donde el viento le había conducido se encontraba a cubierto del más poderoso cañón entre los pocos con que contaba Porquerolles. Y sabía a ciencia cierta que la orilla de Giens no contaba ni siquiera con una cerbatana. Su prolongada familiaridad con aquella parte de la costa le había infundido la creencia de que se sabía al dedillo las costumbres de los habitantes. Los destellos de luz en las casas se apagaban muy temprano, y el capitán Vincent estaba convencido de que todo el mundo se iba a la cama, incluso los artilleros de las baterías que pertenecían a la milicia local. Y para ellos, los movimientos de la balandra de veintidós cañones Amelia se habían convertido en una cuestión de rutina. El navío jamás obstaculizaba sus asuntos y permitía a los pequeños barcos costeros ir y venir sin la menor molestia. Lo que les hubiera llamado la atención habría sido perderlo de vista por un par de días. El capitán Vincent solía decir ceñudamente que la dársena de Hyères se había convertido en su segundo hogar.


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