El pirata
El pirata Durante algo asà como una hora, el capitán Vincent pensó en su hogar, en el servicio y en cosas que no tenÃan nada que ver con lo uno ni con lo otro. Después se puso en movimiento con desenvoltura y se dirigió a despachar aquel bote cuya existencia habÃa supuesto atinadamente el teniente Réal, y de la que, en cualquier caso, el viejo Peyrol no albergaba duda alguna. En cuanto a su misión, no tenÃa nada que ver con la pesca de pez alguno para el desayuno del capitán. Se trataba de su propia falúa, un bote muy maniobrable, que se encontraba ya dispuesto con su tripulación a bordo, cuando el oficial que lo mandaba fue requerido por el capitán. El oficial llevaba al cinto un machete y un par de pistolas, y se movÃa con la soltura de alguien avezado en aquel tipo de misiones.
—La calma durará unas cuantas horas —dijo el capitán—. Con esta falta de marea encontrará el barco prácticamente donde está ahora, aunque quizá un poco más cerca de la orilla. La atracción de la tierra, ya sabe.
—SÃ, señor. La tierra atrae.
—SÃ. De manera que quizá vayamos a dar contra cualquiera de esas rocas. Claro que con este mar, eso serÃa como moverse a lo largo de un fondeadero. FÃjese en el agua del canal, señor Bolt. Parece una pista de baile. Reme cerca de la orilla al regresar. Le espero al amanecer.