El pirata
El pirata —En ese caso, tenga presente, Bolt, que se convertiría usted en los ojos de la flota de lord Nelson. ¡En los mismísimos ojos de la flota de lord Nelson!
Una vez que despidió a su oficial, el capitán Vincent pasó la noche en la cubierta. El día alboreó, al fin, con una luz más pálida que la de la luna a la que desplazaba. Y el bote sin llegar. El capitán Vincent volvió a preguntarse si no habría actuado de una manera improcedente. Impenetrable, y tan fresco como si acabara de subir a cubierta, discutió la cuestión consigo mismo hasta que el sol llameante se elevó por encima del pico de la isla de Porquerolles y caldeó el rocío que goteaba por el cordaje de su barco. Se dirigió entonces a su primer oficial para ordenarle preparar los botes que remolcaran al navío, alejándolo de la costa. El estampido del cañón que ordenó disparar obedeció sólo a su irritación. Aproado hacia la mitad del Passe, el Amelia se movió con la lentitud del caracol, tras la hilera de botes. Pasaron los minutos. Y, de pronto, el capitán Vincent vio su bote navegando cerca de la costa, tal como había ordenado. Cuando alcanzó la altura del barco, viró y se acercó de lado. Bolt saltó a la cubierta, solo, y ordenó que el bote se incorporara a los que remolcaban al Amelia. El capitán Vincent, apostado sobre el puente, le recibió con una ceñuda mirada de interrogación.