El pirata
El pirata Estaba bien claro lo que su almirante pretendía con aquel bloqueo a sesenta leguas de la costa. Hablaba con un marino y no necesitaba decir más. ¿Suponía Bolt que le sería posible persuadir a aquella gente para que le ocultaran durante un tiempo considerable en la casa del solitario extremo de la península? Bolt estaba seguro de que aquello era lo más fácil del mundo. Lo único que tenía que hacer era llegar allí y renovar la vieja amistad, lo que no suponía actuar de una manera atolondrada. Habría que ir por la noche, cuando fuera lógico que nadie se encontrara por los alrededores. Desembarcaría en el punto donde acostumbraba a hacerlo, con un capote de marinero que él tenía, puesto sobre el uniforme, y se encaminaría directamente a llamar a la puerta. Había diez probabilidades contra una de que fuera el mismísimo granjero el que acudiera a abrirle. Esperaba saber ya el francés suficiente como para persuadir a aquella gente de que le ocultaran en alguna habitación con la perspectiva adecuada, en la que se apostaría para vigilar día tras día, haciendo un poco de ejercicio por la noche y dispuesto a alimentarse con sólo pan y agua, si era necesario, para no infundir sospechas entre los mozos de labranza. Y quién sabe si con ayuda del granjero le sería posible conseguir alguna noticia sobre lo que sucedía en el puerto. De vez en cuando, en el silencio de la noche, bajaría hasta la playa, haría señales al barco y entregaría sus informes. Bolt expresó su esperanza de que el Amelia se mantendría cerca de la costa el mayor tiempo posible, pues la vista del barco le reconfortaría. El capitán asintió. Le señaló, sin embargo, que su misión adquiriría una mayor importancia precisamente cuando el barco se viera en la necesidad de alejarse ante la amenaza de algún ataque o del mal tiempo, cosas ambas muy probables.