El pirata
El pirata La impresión que Bolt mantenía sobre los padres de Arlette se veía influida por la conciencia de que él mismo no había cambiado en absoluto. Él era el mismo Jack Bolt, y todo lo que le rodeaba permanecía tal cual, como si lo hubiera abandonado ayer. Y se vio prácticamente a sí mismo en la cocina que conocía tan bien, sentado a la luz de un candil frente a un vaso de vino, hablando en su mejor francés con aquel benemérito granjero de sólidos principios. Las cosas no podían resultar mejor. Se imaginó convertido en el huésped secreto de aquel edificio, enclaustrado en un rincón, pero animado por los grandes resultados posibles de su vigilancia, más cómoda en muchos sentidos, que a bordo del Amelia, y con la gloriosa conciencia de ser, en palabras del capitán Vincent, los mismísimos ojos de la flota.