El pirata
El pirata La sensación de reposo, de recóndita confianza que producen las cosas por la noche, desapareció. Una ventana abierta, un rectángulo negro en un muro iluminado por la luna proporcionaba a la granja el aspecto de una trampa. Bolt aseguró al capitán Vincent que la ventana no le hubiera detenido; hubiera seguido adelante, aunque hubiese dejado de tenerlas todas consigo. Pero cuando se disponía a hacerlo, algo como una blanca visión se agitó sin ruido ante sus ojos desconcertados: una mujer. Una mujer cuyo pelo negro podía ver flotando sobre su espalda. Una mujer que cualquiera hubiese podido tomar por un fantasma.
—No diré que se me heló la sangre, señor, pero sí que el frío se adueñó de mí por un momento. Hay un montón de gente que ha visto fantasmas, al menos eso dicen, y yo soy muy imparcial al respecto. Aquella visión a la luz de la luna resultaba verdaderamente inquietante. Tampoco es que caminara como una sonámbula. Si no procedía de una tumba, era que acababa de saltar de la cama. Después desapareció, ocultándose tras la esquina de la casa, con lo que comprendí que no era un fantasma. No me pudo haber visto. Se quedó en la sombra, mirando algo o esperando a alguien —añadió Bolt en un tono hosco, concediendo piadosamente que «parecía una loca».