El pirata

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Y entonces vendría todo rodado… Aunque quizá… ¡Sí! Era probable que el granjero se limitara a abrir la ventana y entablar un diálogo. Eso era muy probable. Y natural. Bolt en su lugar haría lo mismo. Sí, eso era exactamente lo que haría un hombre en una casa solitaria y en mitad de la noche. Y se imaginó a sí mismo pegado a la pared, susurrando misteriosamente sus respuestas a las preguntas obvias: «Ami», «Bolt», «Ouvrez-moi», «vive le roi» y cosas por el estilo. A continuación se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era echar piedrecitas contra el postigo de la ventana, como la forma más adecuada para despertar a alguien con el sueño ligero. No estaba seguro de cuál era la ventana del piso superior que correspondía al dormitorio de aquella gente, pero, en cualquier caso, sólo había tres. Y se hubiera encaramado en ese momento sobre la explanada si, al levantar los ojos para echar otro vistazo a la fachada de la casa, no hubiera reparado en que una de las ventanas ya estaba abierta. No le era posible explicar cómo no se había dado cuenta antes.

En el curso de su relato confesó al capitán Vincent que «aquella ventana abierta me dejó helado, señor. De hecho, señor, acabó con mi confianza, pues como sabe, señor, a ningún nativo de estas latitudes se le ocurriría dormir con la ventana abierta. Pensé que se trataba de algo raro, y me quedé donde estaba».


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