El pirata
El pirata —Sà —dijo—. Ese barco responderÃa al suspiro de un niño con mayor rapidez que una pluma, y los ingleses lo descubrieron en cuanto se hicieron con él. Fue capturado en Génova pocos meses después de que yo regresara y echara aquà mis amarras.
—No lo sabÃa —murmuró el joven.
—¡Ajá, teniente! ¿Duele aquÃ, verdad? —preguntó Peyrol, apretándose el pecho con la punta de un dedo—. No hay un mal francés entre nosotros. ¿Es que se cree que es un placer para mà ver esa bandera en lo más alto de sus mástiles? MÃrela, ahà la tiene entera. Mire esa enseña colgando como si no hubiera un hálito de viento bajo los cielos… —Su pie golpeó súbitamente el suelo—. ¡Y sin embargo se mueve! Aquellos que en Tolón piensen en capturarla viva o muerta habrán de tener muy buenos planes y muy buenos hombres para llevarlo a la práctica.
—Algo de eso se habló en el Almirantazgo de Tolón —dijo Réal.
El pirata movió la cabeza.
—No necesitaban enviarle a usted para eso —dijo—. Hace un mes que vengo observando a ese navÃo y al capitán que ahora lo manda. Me sé todos sus hábitos, sus trucos y sus argucias. Ese hombre es un marino cabal, de eso no cabe la menor duda. Pero puedo decir por adelantado todo lo que harÃa en un instante concreto.