El pirata
El pirata —Al principio vino usted de servicio, y después vino de nuevo porque hasta en la flota de Tolón puede un oficial tomarse unos pocos dÃas de permiso. En cuanto a sus intenciones, nada tengo que decir, especialmente por lo que a mà concierne. Nadie que nos hubiera visto hace diez minutos las hubiese considerado amistosas.
El teniente se sentó de pronto. Para entonces la balandra inglesa se habÃa hecho visible incluso desde el punto en el que se encontraban.
—¡Mire! —exclamó Réal—. Parece moverse a pesar de la calma.
Peyrol alzó los ojos, sorprendido, y vio al Amelia fuera del área dominada por el farallón, con la proa hacia el Passe. Todos los botes estaban a sus costados y, sin embargo, como Peyrol pudo cerciorarse tras un minuto o dos de cuidadosa observación, se movÃa.
—¡Se mueve! No cabe la menor duda. Mire la mancha blanca de aquella casa en Porquerolles. ¡AllÃ! La está tocando con el botalón del bauprés. Dentro de un momento nos la ocultará con las velas de la proa.
—Nunca lo hubiera creÃdo —farfulló el teniente, después de otear con cuidado—. Y mire, Peyrol, el agua está completamente lisa.
Peyrol dejó caer la mano con que se habÃa protegido los ojos del sol.