La aventura

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La horca estaba lo suficientemente elevada para poder verla: una larga y sólida viga, sostenida en cada extremo por unos postes. El sol caía de plano y la multitud empujaba, gritaba y estiraba la cabeza cada vez que se oía el grito de «Ahí llegan». Aquello duró una hora poco más o menos. Había un cielo muy límpido, un mar muy límpido, unos cuantos barcos deslizándose de un lado a otro, y a lo lejos las silenciosas colinas. Entre la masa había una mayoría de españoles. Me metí en medio de uno de esos grupos y me apreté contra las ruedas de uno de los carruajes, permaneciendo de pie, de puntillas, con las manos colgando, mirando fijamente al enorme patíbulo. Hubo numerosas falsas alarmas y repentinas protestas, que volvieron a acallarse más bien lentamente. Mientras tanto, pude oír a alguien detrás de mí hablando en español a los ocupantes del carruaje. Creí reconocer la voz de Ramón, pero no podía volverme; me pareció que la gente del carruaje respondía en francés. Un hombre gritó «Bebidas frescas» al otro lado de ellos.







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