La aventura
La aventura Todo mi cuerpo pareció entumecerse. Dio la casualidad que miré hacia abajo: mis manos estaban extraordinariamente pálidas y las venas sobresalían. Las sentía como si estuviesen empapadas de agua y pasó bastante rato hasta que recuperaron su color natural. Los demás piratas fueron ahorcados a continuación; la carreta avanzaba y retrocedía alternativamente y cada vez que regresaba había menos concurrencia. A un hombre de gran estatura y corpulencia tuvieron que ahorcarlo un par de veces porque la cuerda se rompió. Originó bastante alboroto. La cabeza me dolía y, tras hacer un esfuerzo involuntario para no perderme ningún detalle, me sentí mareado y aturdido. La gente hablaba mucho mientras retrocedía para dispersarse por el tramo más ancho de la playa, lleno de guijarros; parecía como si quisieran recordar todos los detalles de la ejecución. Tuve la impresión de que uno o dos de ellos, con esa pura grandeza de ánimo que suele embargarle a uno en las grandes ocasiones de emoción popular, me preguntaba con voz exultante si había visto cómo sacaba la lengua el negro.