La aventura
La aventura Nadie respondió; no había sacerdote de ninguna confesión; ignoro si la omisión era intencionada. El rostro del pirata se fue descomponiendo de angustia; mientras forcejeaba con los dos hombres, sus globos oculares se desorbitaron, hasta quedar completamente en blanco. Comenzó a maldecirnos epilépticamente por tramar su condenación. La multitud que me rodeaba inició inmediatamente una sarta de imprecaciones en español. El hombre cuya voz se parecía a la de Ramón gimió de forma lastimera; otro dijo: «¡Qué infamia!… ¡Qué infamia!».
Una voz de viejo dijo en el carruaje, temblando:
—Dará lugar a protestas oficiales.
Otra dijo:
—¡Ay, estos ingleses heréticos!
La muchedumbre se abalanzó contra mí arrastrándome con ella. Alguien se puso a gritar órdenes delante de mí y la multitud retrocedió de nuevo. Los mosquetes de la infantería rechinaron. La conmoción duró algún tiempo. Cuando cesó, vi que el hombre que iba a morir acababa de besar al hombre muy viejo; las lágrimas caían a raudales por sus grises mejillas apergaminadas. Pedro Nones tenía ya la cuerda alrededor del cuello; caía de la viga formando una curva floja, que se tensaba cuando la carreta se alejaba bruscamente.
—Adiós, viejo, para siempre adi… —gritó Nones.