La aventura

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En cualquier caso, la gente, en su excitación, aclamó al Alto Comisario y a la infantería que regresaba, ya que siempre era agradable ahorcar a un español, del tipo que fuese. Casi fui atropellado por los timbaleros, que atravesaron la dispersa masa con un rítmico paso ligero. Mientras evitaba los tambores, una mano me cogió del brazo y oí que alguien me hablaba. Era el viejo Ramón, contándome que tenía en su almacén unas mercancías de Manchester de una clase muy especial. Me explicó que habían llegado recientemente y que él había venido de Spanish Town únicamente por su causa. Con ellas se podía ganar, por metro, un octavo de penique más que con las restantes de cualquier otro género. Si me dignaba aceptar que él me hiciese una demostración, tenía su pequeño coche de dos caballos justo al lado de la carretera. Todo el rato me estuvo empujando en esa dirección y yo, a decir verdad, no hice el menor amago de resistirme. Me dijo que había estado detrás de la multitud, junto al carruaje del comisario y el juez del Tribunal de la Marina enviados por las autoridades de La Habana para entregar a los piratas.






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