La aventura
La aventura Después de eso fue cuando vi por primera vez a Serafina y a su padre, en el oscuro almacén de Ramón, y a continuación ocurrió mi encuentro con Carlos. Apenas podÃa dar crédito a mis ojos cuando le vi aparecer tendiéndome la mano. Fue una sensación extraordinaria hablar de nuevo con Carlos. ParecÃa haber envejecido bastante. Su rostro habÃa perdido su frescor y lozanÃa, su apenas perceptible rubor subcutáneo: estaba pálido, muy pálido. Sus ojeras azul oscuro no restaban mérito a la negrura y viveza de sus ojos. Y tosÃa sin parar.
Me pasó el brazo cariñosamente alrededor de los hombros y dijo:
—Qué estupendo volver a verte, mi Juan.
En sus ojos habÃa cariño, de eso no cabÃa la menor duda, pero yo sentÃa un vago recelo con respecto a él. Recordaba cómo nos habÃamos despedido a bordo del Thames.
—Aquà podemos hablar —añadió él—, es un sitio muy agradable. Verás a mi tÃo, ese gran hombre, la estrella del derecho cubano, y a mi prima Serafina, su parienta. Ellos te quieren; les he hablado muy bien de ti.
Sonrió alegremente y prosiguió:
—Este lugar no es digno de su grandeza, ni de la de mi prima, ni, por supuesto, de la mÃa —sonrió de nuevo—. Pero yo me moriré muy pronto y esas cosas no tienen demasiada importancia para mÃ.