La aventura
La aventura Frunció el ceño y luego se echó a reír.
—Pero deberías haber visto los rostros de sus oficiales cuando mi tío se negó a ir al palacio del gobernador; iba a haber una fiesta, una «recepción»; ¿no es ésa la palabra? Eso causará un gran escándalo.
Su sonrisa estaba repleta de malicia y parecía como si esperase verme contento. Le dije que no comprendía del todo qué era lo que había molestado a su tío.
—Oh, fue porque no había ningún sacerdote —contestó Carlos— cuando fueron ahorcados aquellos pobres diablos. Eran canaille, sin duda; pero son precisamente ésos los que más los necesitan.
Y mi tío estaba allí a título oficial, en calidad de plenipotenciario. Estaba verdaderamente muy afligido: lo estábamos todos. Te habrán contado sin duda que fue mi tío en persona el que les había aconsejado que se rindiesen a los ingleses. Y cuando vio que no había ningún sacerdote, se arrepintió muy amargamente. Vaya, después de todo, fue una infamia.
Se detuvo de nuevo, apoyándose en el mostrador. Cuando bajó los ojos al suelo, sin que su rostro se animase al hablar, su palidez se acentuó lamentablemente, así como las profundas sombras que cercaban sus ojos y la infinita tristeza de sus lánguidas facciones, como si estuviese preocupado por una pesadumbre sin esperanza que lo impregnara todo. Sin embargo, cuando me miró, sonrió de nuevo.