La aventura

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—En fin, en el peor de los casos ya ha pasado todo y ahora mi tío está aquí en este sucio lugar en vez de en vuestro palacio. Nos embarcamos de nuevo para Cuba esta misma tarde.

En aquella pálida luz, miró en torno suyo a los estampados y los toneles de melaza de Ramón, como si le costase creer que pudieran estar realmente en semejante lugar, y el tono de su voz indicaba que a su entender el palacio de nuestro gobernador no debía ser menos bárbaro.

—Pero lo siento —dijo de repente—, porque quería que tú… tú y todos tus compatriotas… le causarais una buena impresión. Ahora te toca a ti solo causarle esa impresión. Y lo harás. Tú no eres como los demás. Eres pariente nuestro y yo te he alabado mucho. Me salvaste la vida.

Empecé diciéndole que yo no había hecho nada en absoluto, pero él agitó la mano y sonrió ligeramente.

—Eres muy valiente —me dijo, como para hacerme callar—. Eso no lo olvido.

Me pidió de nuevo que le diese noticias de la patria… de mi patria. Le conté que Verónica tenía un bebé, y suspiró.


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