La aventura
La aventura —Me han dicho que es usted separatista —me dijo—. Bueno, lo mismo que yo. Soy irlandés; hubo un tiempo en que, en otra isla, le pusieron precio a mi cabeza. Y han emitido varios mandamientos de prisión contra usted por el ataque al almirante. Podemos ponernos de acuerdo; no hay nada indigno en lo que tengo en mente para usted.
Le habÃa oÃdo decir con frecuencia a Carlos que yo era un joven capaz de cualquier cosa, un aristócrata anárquico, que habÃa vivido en una región enteramente abandonada en manos de contrabandistas, desesperados y asesinos. Pero era la primera vez que oÃa hablar claramente de que hubiese en Jamaica mandamientos de prisión contra mÃ. Eso, sin duda, se lo habrÃa oÃdo decir a Ramón, que lo sabÃa todo. De todo lo que me dijo este pequeño y sardónico irlandés, fue eso lo único que pareció merecer mi atención. Y persistió en mi mente mientras que, en tono persuasivo y con una airosa soltura, me habló de los beneficios que podÃamos obtener, hoy en dÃa, armando corsarios bajo pabellón mexicano. Me dijo que no debÃa sorprenderme de que fuesen equipados en una colonia española.
—Hay otros muchos aspectos que pueden parecer tan desleales como éste —añadió en un tono desapasionado que contrastaba con el rápido guiño de ojos con que acompañó esas palabras.