La aventura

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Los ojos de O’Brien centellearon. En efecto, casi había perdido la cabeza durante el fiasco irlandés, bien sea en Clonmel o en Sligo, huyendo desesperadamente de los dragones ingleses a través de la niebla hasta ganar la bahía, donde aguardaban las lanchas de un buque de guerra francés. Aunque ahora fuese juez en Cuba, para él aquello no fue más que un episodio de heroísmo, de juventud… de aventura, en realidad. Así que, probablemente, no se tomó a mal que yo lo mencionase. En cuanto a mí, como es natural, no podía evitar sentirme ofendido por el tono algo despreciativo de su voz y su comportamiento condescendiente.

El viejo Don dormía plácidamente, el rostro vuelto hacia el lejano techo tiznado.

—Ahora le haré una razonable proposición —dijo de pronto O’Brien, después de haber observado con suma atención la mirada insolente que yo le dirigía.

Me disgustaba porque no tenía ni idea del tipo de hombre que era. En realidad, lo encontraba más extraño que Carlos. Y me daba la impresión de que, aunque tal vez no fuese el mejor de los hombres ni mucho menos, todavía podía burlarse de mí, o al menos hacer que yo pareciese un idiota.


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