La aventura

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Ella sabía todo sobre mí por Carlos. El hombre del cual yo no había visto más que la parte superior de la cabeza viró su silla bruscamente, mientras se encendían sus pequeños ojos azules. Era más bien bajo y rechoncho, con la carne muy firme y las blancas manos muy regordetas. Iba vestido con el típico traje negro de los jueces españoles. En su cara redonda había siempre una sonrisa, como la que suele rondar en la quijada de un lucio… sólo que más graciosa. Se inclinó para saludarme un poco exageradamente y me dijo:

—Ah, usted es ese famoso míster Kemp.

Yo le respondí que suponía que él sería el todavía más célebre señor juez O’Brien.

—De nada sirve que diga usted que no es famoso —dijo él.

Su voz tenía el ligero gangueo infinitamente melodioso de ciertos dialectos irlandeses, algo tan delicado e intangible como el perfume de las flores del tilo.

—Nuestro noble amigo —prosiguió, señalando a Carlos con un leve movimiento de su mano blanca— me ha dicho lo valeroso y temerario que es usted. Que haya partido el cráneo a la mitad de los batidores de Bow Street es algo que ciertamente le honra; yo hice otro tanto —añadió— en los viejos tiempos.

Y suspiró.

—¿Se refiere usted al 98? —dije yo, con algo de insolencia.


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