La aventura

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Frente a él, con su rostro envejecido vuelto hacia nosotros, el anciano Don estaba adormecido en el sillón. Sus delicadas y blancas manos reposaban sobre los brazos, sujetando una de ellas un frasco de sales dorado, y entre sus piernas, enfundadas en unas medias de seda, estaba su bastón negro con el puño plateado. Los diamantes de las hebillas de sus zapatos despedían intensos rayos incluso en aquel tenebroso lugar. La joven estaba sentada con las manos en las sienes y los codos apoyados en la larga mesa, observando minuciosamente una pequeña lagartija inmóvil, minúscula criatura de ojos dorados que el miedo parecía haber convertido en piedra.

Entramos sin hacer ruido y al cabo de unos instantes la joven levantó los ojos y me miró cándidamente; luego se llevó los dedos a los labios, señalando a su padre con la cabeza. Puso su mano sobre la mía y murmuró muy claramente:

—Bienvenido seas, primo mío de Inglaterra.

Y a continuación bajó de nuevo los ojos para seguir contemplando a la lagartija.



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