La aventura
La aventura EL aposento tenía los techos altos y estaba sumido en una deprimente oscuridad: había gruesos barrotes delante de las mugrientas ventanas. Estaba bastante vacío: únicamente contenía una larga mesa negra, algunas cajas de embalaje y media docena de mecedoras. Cinco eran nuevas y la otra muy vieja, maciza y negra, con el asiento de cuero verde y un escudo de armas labrado en el respaldo. Por todas partes había pequeños montones de serrín de caoba sobre el suelo embaldosado, y una pila de sacos en un rincón. Bajo una ventana, el batiente de una trampilla abierta medio ocultaba una gran mancha verdosa de humedad; un profundo nicho, en el que había dos o tres cubos en su rincón derecho, se abría en el muro a modo de cueva. Un hombre con el pelo rubio, ligeramente calvo, como si le hubiesen tonsurado, se mecía suavemente en una de las mecedoras nuevas.