La aventura
La aventura Fue la desaparición de una sombra. A través de la trampilla me llegaron algunos refunfuños guturales, un susurro, después el silencio. Si yo le había asustado, lo llevaba muy bien. Me disculpé ante la joven por haber despertado a su padre. Vivos colores animaron su rostro y sus ojos centellearon. Si ella no hubiese sido tan bella, me habría ido inmediatamente.
—El señor juez me es odioso —dijo ella con enojo—. Mi padre ha soportado su insolencia durante demasiado tiempo —aunque era muy bajita, se hacía respetar por su extraordinaria autoridad—. He podido comprobar, señor, que le estaba molestando. ¿Por qué va a prestar usted atención a semejante criatura? —bajó la cabeza—. Pero mi padre es muy mayor.
Me volví hacia Carlos que estaba de pie, todo de negro, a la luz de la ventana.
—¿Por qué hiciste que me encontrase con él? Puede que sea juez de tu Tribunal de la Marina, pero no es más que un canallesco trotapantanos.
—No debes denunciarle —dijo Carlos un poco arrogantemente—. Si temiese que intentas traer el deshonor a esta cabeza que ya peina canas, y comprometer a esta joven en un escándalo público, no te dejaría que abandonases este lugar —sus modales se ablandaron—. Por el honor de la Casa no dirás nada. Y vendrás con nosotros. Te necesito.