La aventura
La aventura Mi recelo iba en aumento. Si él apoyaba esa empresa ilegal, cuyo cuartel general estaba en Río Medio, no podía ser mi hombre. Aunque era lo suficientemente valiosa para que los periódicos del país le prestaran importancia política, después de todo no era ni más ni menos que un acto de piratería. La idea de convertirme en una especie de traidor irlandés era tan excesivamente ultrajante que ahora podía reírme de la imbecilidad de ese tal O’Brien. En cuanto a convertirme, por lucro, en un pirata… sólo de pensarlo me hervía la sangre.
No. Allí había algo más. Algo poco claro, peligroso; alguna intriga de la que no podía concebir ni siquiera su intención más primaria. Pero lo que estaba claro era el vehemente deseo que Carlos experimentaba de servirse de mí con algún propósito. Me desconcerté hasta el punto de olvidar lo mucho que estaba yo comprometido, incluso en Jamaica. Sin embargo valía la pena recordar, porque en aquellos días una acusación de rebelión (según el Acta de los Negros) no era cosa de risa. Podía ser enviado de vuelta a casa bajo arresto; y entonces todavía estaba pendiente mi asunto con los batidores.
—Se trata simplemente, mi buen Juan, de hacer una visita —decía persuasivamente— mientras se olvida tu asunto aquí, y… y… aliviar mis últimas horas, quizá.