La aventura

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Le miré: no era más que una sombra… una sombra de ojos tristes y melancólicos.

—No te comprendo —balbuceé yo.

El viejo se revolvió, abrió los párpados y se llevó a la nariz el frasco dorado de las sales.

—Desde luego, no denunciaré a O’Brien —dije—. Yo también respeto el honor de tu familia.

—Eres todavía mejor de lo que yo pensaba. Y si te imploro, Juan, por el amor de tu madre… ¿de tu hermana?, no es por mí, es…

La joven estaba vertiendo unas gotas de un frasco verde en una copa plateada; pasó cerca de nosotros y se la dio a su padre, que se había inclinado ligeramente hacia delante en su sillón. Cada gesto que ella hacía me producía una íntima alegría; era como si yo hubiese esperado durante años y años esa postura de su cuello, esa mirada altanera en sus ojos, esa caída de pestañas sobre sus mejillas.

—No, me morderé la lengua y eso bastará —dije yo.

En aquel momento el viejo Don se incorporó y se aclaró la garganta. Carlos se levantó de un salto y fue hacia él con la gracia infinita propia de la más tierna obsequiosidad. Mencionó mi nombre y el parentesco, luego enumeró los innumerables títulos de su tío, terminando así: «Y benefactor del obispado de Pinar del Río».


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