La aventura
La aventura —No debes irte todavÃa —dijo con suavidad—. Tengo que contarte muchas cosas. Dime…
Sus modales acrecentaron mi malestar hasta hacerme sentir miedo. Sus ojos mudaron de expresión y miraron algo fijamente por encima de mi espalda, mientras en sus labios temblaban, apenas audibles, estas palabras: «Debes venir, debes venir». Sólo pude sacudir la cabeza. Inmediatamente él retrocedió como si se resignara. Me abandonaba… y se me ocurrió que si el peligro de su seducción habÃa pasado, todavÃa quedaba el peligro de ser arrestado nada más atravesar la puerta.