La aventura
La aventura —Debe usted visitar mi pobre ciudad de RÃo Medio.
Pero no me invitó explÃcitamente, ni añadió nada más.
Después preguntó con voz quejumbrosa:
—Pero ¿dónde está O’Brien? Tiene que escribirme unas cartas.
—Nos ha precedido en el barco —dijo la joven, volviendo a su asiento—. Las escribirá allÃ.
Don Baltasar se encogió de hombros y retiró las manos de encima de las rodillas.
—Sin duda, él lo sabe mejor que nadie —dijo—, pero deberÃa consultarme.
Cada vez estaba más oscuro; el viejo Don parecÃa haberse quedado dormido otra vez. Pronto, el viejo desapareció en las tinieblas de la cámara y no quedó de él más que el destello de la hebilla de plata de su sombrero. Me acordé de mi cita para cenar con Williams a bordo del Liori y me levanté. No parecÃa haber ninguna probabilidad de que yo pudiese hablarle a la joven. Una vez más ella se habÃa inclinado con indolencia sobre la lagartija y sus cabellos le caÃan a lo largo del rostro como racimos de uvas. En una esquina de su frente blanca persistÃa un vago destello y las sombras se iban intensificando alrededor de ella. Carlos vino hacia mÃ, preocupado, mientras yo miraba en dirección a la puerta.