La aventura

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Se detuvo y respiró con cierta dificultad, como si la conversación le hubiese extenuado. Después empezó a hacerme preguntas acerca de la tía de Rooksby… la llorada hermana de su discurso. La había querido mucho, me dijo. Yo no sabía casi nada de ella, y la agradable sonrisa y los modales corteses y respetuosos del viejo me pusieron muy nervioso. Tenía la impresión de haber sido llevado a rendir visita ceremonial a un supremo pontífice completamente chocho. Durante algún tiempo habló con cierta animación del priorato de Horton, después titubeó y acabó por olvidarse de lo que estaba hablando.

—Pero ¿dónde está O’Brien? —dijo de pronto—. ¿Le ha escrito al gobernador de aquí? Me gustaría que conociese al señor O’Brien. Es un hombre piadoso.

Me abstuve de decirle que ya había visto a O’Brien y el anciano se sumió en un completo silencio. Estaba empezando a anochecer y un ruido de voces contenidas subía de la trampilla abierta. Nadie dijo nada.

Sentí un vago malestar; no podía comprender de ningún modo la relación entre el viejo Don y lo que había pasado antes de que despertase; y por otra parte no sabía, en un sentido puramente convencional, hasta cuándo debía quedarme. A través de los barrotes de las ventanas, el cielo parecía más pálido.

De pronto dijo el viejo Don:


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