La aventura
La aventura —¡Silencio, señor! —dijo una voz ronca.
Mi miedo se desvaneció cuando abordamos un barco que evidentemente estaba ya navegando; pero me izaron tan brutal y desmañadamente que cuando subí a bordo estaba completamente exhausto y sin aliento. A mi alrededor todo estaba en calma y silencio; me dejaron solo sobre un sofá en el camarote principal, me figuro. Durante mucho tiempo permanecí inmóvil; luego se abrió una puerta y se cerró. Se oyó el murmullo de una conversación a dos voces. Después los susurros se animaron durante algún tiempo. Finalmente, me pareció que alguien trataba, inútilmente, de quitarme el saco. Por último, me restregaron la cabeza y mediante algo suave y sedoso empezaron a secarme los ojos con un cuidado sorprendente e incluso con ternura.
—Ha sido una estupidez hacer eso —comentó alguien con desconsuelo—; así no se trata a un caballero.
—¿De qué otra manera hay que proceder con esta clase de caballero? —fue la concisa réplica.
Para entonces, a fuerza de pestañear, logré mantener mis ojos abiertos durante algunos instantes. Dos hombres estaban inclinados sobre mí: Carlos y O’Brien en persona. Este último dijo: