La aventura

La aventura

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Realmente no estaba asustado; no podía creer que los Riego permitiesen que me asesinaran o me maltrataran gravemente. Pero estaba indignado contra el Destino o el Azar, sea cual fuese el nombre que se le quiera dar… a causa de los ignominiosos detalles de mi aventura: el basto saco, la harina enmohecida, las piedras del túnel que me habían despellejado las espinillas, las cuerdas apretadas que trababan mis tobillos y parecían cortarme las muñecas a mis espaldas.

Cuanto más esperaba, mi furor iba en aumento en medio de aquel silencio sepulcral. ¿Cómo acabaría todo aquello? ¿Con qué atropello? Mostraría mi desdén y protegería mi dignidad rindiéndome sin oponer resistencia… despreciaba esa odiosa conspiración. Por fin oí voces y pasos; me resultaba difícil llevar a cabo mi propósito, contenerme de gritar y de dar patadas. Unos hombres, que a veces gruñían al apresurarse, me levantaron y me llevaron, como un cadáver, dando tumbos. De cuando en cuando alguien murmuraba: «Tened cuidado». Luego me depositaron en un bote. El mundo parecía tambalearse, chapotear, sacudirse… y me pareció obvio que me llevaban a bordo de algún barco. El barco español, sin duda. De pronto me invadió un sudor frío al pensar que, después de todo, su intención podía ser arrojarme sencillamente por la borda.

—¡Carlos! —grité.

Sentía en mi pecho la punta de un cuchillo.


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