La aventura

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Siguiendo la dirección de su mano, mis ojos fueron a dar con la imagen de una madona, más bien grande… tal vez como una tercera parte de su tamaño natural, con una corona dorada; su rostro serio y sonrosado se doblaba un poco hacia delante sobre un sonrosado niño desnudo encaramado en su brazo izquierdo, con una mano en alto. Estaba colocada sobre una repisa apoyada en el refuerzo del timón, con cabezas de gruesos querubines esculpidas en los soportes. La joven se santiguó con un rápido movimiento de la mano. Los pequeños paneles vidriados de las portillas de popa eran negros y relucían en su armazón blanca.

—Váyase… váyase… vaya con Dios —susurró la chica con urgencia—. Hay un bote…

Hice un movimiento para levantarme: quería irme. La idea de obtener la libertad, de encontrar una nueva ocasión de recobrarla, parecía disminuir la importancia que yo le había concedido a la joven en un principio; otras cosas empezaban a contar para mí. Pero, aunque en mis piernas y manos entumecidas la sangre volvía a recuperar su tibieza y su hormigueo, no podía permanecer de pie. La joven me miró con cara de pocos amigos, frunciendo un poco el ceño; tamborileó el suelo apresuradamente con uno de sus pies y, asustada, echó una ojeada a las puertas que conducían a cubierta. Luego se dirigió al otro lado de la mesa y se sentó, mirándome a la luz del farol.


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